Leire Quintana
Escritora

El silencio que ilumina la vida

   

Leire Quintana (Bilbao, 1972) nació un día de tormenta, en un paisaje industrial, con paraguas del revés y huellas de katiuskas. A los pocos años se trasladó con su familia a Madrid, donde la vida continuó abriéndose paso hasta que Leire decidió dar un rodeo y explorar un nuevo camino. Con treinta y siete años, motivada por una sed de silencio y quietud, Leire Quintana, decidió dejar la empresa en la que trabajaba junto a sus dos socios e ingresar en un monasterio de clausura, donde pasó cuatro años. Hizo votos temporales, pasando por el postulantado y noviciado. Leire prefiere no mencionar el nombre del convento para respetar el tipo de vida de las monjas. Pero sí comenta que es un monasterio situado en España. Tras ese período, Leire volvió a la vida que había dejado fuera. Como ayuda para adaptarse de nuevo al ritmo frenético de nuestros días, puso por escrito su experiencia. El libro Una canción inesperada es el resultado de ese viaje interior (ver nuestra sección Está en los libros, pág. 41). Actualmente trabaja en una fundación dedicada a la mejora de las condiciones de vida de mujeres y niñas en países en vías de desarrollo.

 

Un día de tormenta, un grupo de jóvenes con sus monitores se acercaron al monasterio pidiendo que una monja les ofreciera su testimonio. Normalmente era algo que le solía tocar a la hermana hospedera. Ella sacaba un muñeco viejo de su celda y lo ponía a hablar delante de los jóvenes. La hermana les contaba que el muñeco tenía cabeza (bastante gorda), pero sobre todo tenía corazón, aunque no fuera tan visible. Se reunía con ellos en la capilla y, al pasar yo por la puerta de detrás que conduce a través de un túnel a la cocina, escuchaba las risas de las chicas y los chicos.

Ese día la hermana estaba ocupada y la Priora me pidió que hablara yo al grupo de 4º de la ESO de un colegio de la provincia. Venían empapados, después de haber recorrido a pie, durante más de diez kilómetros, una senda a la vera del río. No me lo había preparado, ¡no tenía un muñeco! y hacía mucho tiempo que no estaba con chicos y chicas de quince o dieciséis años. Tímidamente, bajé hasta la capilla y allí estaban ellos, mirándome fijamente a los ojos.

Arrastré la banqueta junto a la sede, que el sacerdote utilizaba para apoyar los libros litúrgicos, y me senté delante de ellos, en silencio y sonriendo. Y en un instante se me ocurrió algo. Me levanté y saqué una mantita que guardaba debajo de mi silla del coro. Ante su extrañeza, la coloqué en el suelo, entre ellos y yo, y les pedí que dejaran allí sus móviles.

Hubo revuelo y una cierta intranquilidad, a pesar de que yo no tuviera la apariencia de ser una ladrona. Por eso, los invité a notar sus emociones, en silencio. Les propuse ese juego: darle la bienvenida a cualquier sensación emocional o física, cualquier pensamiento que fuera apareciendo durante ese rato.

Fue interesante constatar que muchos de ellos se sintieron un poco huérfanos sin sus móviles. Es verdad que yo les sugerí que me permitieran quedarme con sus móviles hasta el final de su retiro de fin de semana. Aún era viernes por lo que, según mi propuesta, pasarían un largo sábado y un interminable domingo sin poder wasapear. Sintieron intranquilidad, incluso algo más fuerte, como un principio de ansiedad.

Mi intención no era desconcertarlos sino descubrir, a su lado, el miedo que se despierta en nosotros cuando nos creemos "desconectados" y lo desconectados que, en realidad, estamos (de nuestro interior) cuando pasamos todo el día conectados.

Después de escucharlos y, sobre todo, tras permitir que ellos se escucharan a sí mismos, salimos al claustro. Les dije que íbamos a hacer una carrera y que el objetivo consistía en recorrer las cuatro alas del claustro lo más lentamente que fuera posible, en silencio, y notando cada paso, cada pisada, conscientes de la respiración y sosegados. Esto los remató. La lentitud no es un valor en alza. El sosiego no parece la actitud más destacable de la adolescencia. Y caminar sin una meta suena realmente absurdo.

Invité al grupo a escuchar los ruidos de fondo mientras caminaban: los mirlos, las gotas de lluvia golpeando la piedra, los pasos de los compañeros, una ventana abriéndose en el piso de arriba… Se trataba de ampliar el campo de la consciencia más allá de uno mismo y hacer de la experiencia de caminar un puro acto de realidad con mayúsculas. La simplicidad, ese valor tan querido en los monasterios, es una puerta hacia el Dios que está con nosotros. Cuando camino, conscientemente, Dios lo hace también, con mis mismos pasos.

Al terminar el lento recorrido por el claustro hicimos una puesta en común. Algunos compañeros comentaron su nerviosismo hacia esa nada, ese vacío del caminar sin otro objetivo más que caminar. Otros descubrieron algo: un sosiego y una paz al alcance de su mano, sencillamente. Notaron cómo, en esos momentos, sus preocupaciones habían desaparecido y que durante ese simple proceso de caminar conscientemente por el claustro se encontraban felices.

Lo sé, el silencio no tiene muchos adeptos entre los jóvenes (ni entre los adultos). Pero yo los he visto cerrar los ojos, enderezar la espalda, posar las palmas de las manos sobre los muslos y respirar calmadamente. Y sé que ellos, que sois vosotros, lectores de esta revista, os merecéis la oportunidad de descubrir vuestro maravilloso mundo interior. El silencio puede llegar a convertirse en vuestro amigo. Perdedle el miedo y probad. Os lo recomienda alguien que dejó atrás su vida anterior para entrar en un monasterio y dejarse seducir por el silencio.

 

"Concédeme, oh Dios,

la misericordia del silencio"

Isaac el Sirio (640-700)

 

Leire Quitana
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